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PRÓLOGO

1

Año 1521 d. C.
En algún lugar de Francia

Anselmo fue el primer gran asesino en serie de la historia, pero nunca lo supo. Él no apretó el gatillo, solamente accionó el interruptor con devastadoras consecuencias. Todo terminó con una cuerda de cáñamo trenzada ceñida a su cuello en un rincón de una lúgubre estancia.
Un saco de huesos tumbado sobre un mugriento colchón de paja trataba de mantenerse alejado de la pared. La humedad que se filtraba por una argamasa mal compactada se hacía ya insoportable. Traspasaba su piel con una facilidad pasmosa y había arraigado en sus huesos con terquedad. El castañeo de sus dientes era tan intenso que se le habían partido los molares debilitados por la falta de alimento y por una extraña enfermedad que había llenado su cuerpo de supurantes pústulas y llagas.
En aquella inmunda mazmorra no había sitio para la cordura y hacía tiempo que la razón lo había abandonado. No era capaz de recordar ya cuánto tiempo llevaba encerrado ni cómo había acabado allí. Su mente solamente se ocupaba de lo mismo de siempre: aquel alarido inhumano y el crujido seco de unos huesos masticados por unas poderosas mandíbulas. Una y otra vez. Siempre lo mismo, pero él sabía cómo detenerlo y, ese día, estaba decidido a llevar a cabo su plan.

Un año atrás, en el ocaso de un fatídico día de junio, se inició la partida de cinco caballeros hacia un destino tan incierto como oscuro. Sobre sus monturas cabalgaron hasta el puerto franco de Brest, en la punta noroccidental de Francia, donde les aguardaba una carraca de casco negro, muy marinera, de un solo palo y vela cuadra, y ya pertrechada para hacerse a la mar. Tras mostrar el salvoconducto real zarparon con la marea de la noche hacia mar abierto hasta que estuvieron lo suficientemente lejos de la costa para quedar fuera del alcance de los espías, en ese momento orzaron y pusieron proa al norte.
Anselmo era un veterano de guerra. Orgulloso y tenaz. Con cuarenta y un años a sus espaldas, las arrugas por la in-temperie surcaban su rostro y sus manos. Había pasado gran parte de la travesía asomado por la borda de estribor. El fuerte viento racheado y el olor a salitre del agua, que le golpeaban la cara, le ayudaban a sosegar el espíritu de los augurios poco halagüeños que pesaban sobre aquella expedición…
Una semana atrás estaba en medio de la batalla por el asedio de Tournai. Jamás barruntó que echaría de menos el ruido de los arcabuces y de los morteros, del acero golpeando contra el acero, el fango, las penurias y el olor a muerte. Pierre Terrail, seigneur de Bayard, que estaba al mando del ejército del norte, lo hizo llamar a su tienda de campaña y le mostró una misiva real que lo convocaba de urgencia a una reunión secreta a las afueras de París.
A decir verdad, en el momento de partir experimentó una fuerte sensación de alivio, y cinco jornadas después llegó a su destino: una iglesia abandonada en Clamart, al suroeste de la capital. A las afueras aguardaban cuatro soldados bien pertre-chados con petos de acero, arcabuces y floretes. Una escolta, barruntó. Uno se perdió en el interior de la iglesia y reapareció enseguida, ordenándole que entrara. Anselmo traspasó el umbral y se encontró en un recinto abandonado. Al fondo, dos figuras iluminadas tenuemente por el trémulo resplandor de una vela encendida. Con cautela se aproximó a ellos. Los reconoció y se asustó. Los dos hombres más poderosos de Francia.
A la derecha, Guillaume Gouffier, seigneur de Bonnivet y admiral de France, ceñía una armadura de guerra. A la izquierda, un paso retirado, otro hombre se mantenía oculto en la penumbra; a pesar de ello, descubrió un rostro delicado que vestía a la moda. Erguido y porte regio: El rey Francisco. El encuentro duró poco, y Anselmo marchó con un encargo que encorvó sus hombros más que si cargase un saco de medio quintal…
Unas olas encrespadas que golpearon fieramente la borda de la carraca, y que hicieron que se escorase a babor y perdiese el equilibrio, rompieron el hilo de sus pensamientos y lo trajeron de vuelta a su inquietante realidad. La carraca navegó hasta un punto muy al norte. Mientras terminaba la luz del séptimo día y se abría ante ellos una noche negra, sin luceros, las aguas bravas y encrespadas que les habían acompañado hasta ese momento dieron paso a un remanso de paz, que todos recibieron con un silencioso regocijo. Pero la alegría duró poco, una densa bruma comenzó a extenderse rápidamente cubriendo la superficie del agua, y devolviéndoles la ansiedad.
Poco después la tripulación recogió el trapo y fondeó la embarcación frente a la costa. Alejada de los bajíos, arriaron dos botes y arribaron a una pequeña y solitaria cala de aserrado perfil, sobrevolada por unas rapaces nocturnas. A pocos metros de la orilla, los caballeros saltaron fuera de la embarcación y con-cluyeron los últimos metros a pie. El agua les llegaba por las rodillas y mientras empujaban la barca hasta la arena observaban con mudo asombro la imponente pared de roca desnuda que se alzaba amenazadora frente a ellos.
Los caballeros, a pesar del largo número de campañas que llevaban a sus espaldas, jamás habían visto un paraje igual: estremecedor y bello a partes iguales. Pese a estar a finales de junio, les azotó un viento frío y una ligera llovizna que convirtió en vaho el aliento de los caballos; en un gesto casi instintivo, se arrebujaron con el capote y se cubrieron la cabeza con la ca-pucha.
Anselmo permanecía pie en tierra. Sujetaba a Race, su negro corcel andaluz, por las riendas y miraba al mar con ex-presión ausente. En silencio clavó una mirada nostálgica en la luz del fanal de popa de la carraca mientras se difuminaba entre la bruma. Sin duda se dirigía a algún puerto donde la tripulación dormiría al cobijo de un buen fuego. El caballo relinchó y piafó inquieto; alzó las patas delanteras y rascó la arena húmeda con los cascos. El caballero parpadeó y se volvió al animal; chasqueó varias veces la lengua y le palmeó ligeramente en el cuello. Instalado en la silla taloneó al semental encabezando el ascenso por un angosto y tortuoso sendero que les llevó hasta la cima de los acantilados.
Tras la tercera jornada de marcha, echaron pie a tierra junto a un arroyo caudaloso. Mientras reposaban al raso, fueron sorprendidos por una caterva de feroces bandidos, más numerosos, pero con menor destreza en el uso de las armas. Con habilidad repartieron mandobles a diestro y siniestro provocando la huida de los pocos asaltantes que quedaban aún vivos. Al aclararse el campo de batalla, Anselmo observó horrorizado cómo tres de sus compañeros habían resultado muertos, dos por heridas de espada y uno por el impacto de una saeta que le atravesó el cuello. Solamente él y Jacques de la Pauce habían sobrevivido, aunque habían quedado maltrechos.
Tras dar cristiana sepultura a los muertos hicieron recuento de lo que les quedaba. Para su desazón, descubrieron que los asaltantes en su retirada se habían llevado todos los caballos y los víveres. Eran hombres de guerra y estaban acostum-brados a hablar poco y a no mostrar sus sentimientos; por lo que, al cabo de recuperar el fuelle, reemprendieron el camino a pie.
De beber no les faltaba pues aquellas eran tierras húmedas pero solitarias e inhóspitas, y no tenían casi nada que llevarse a la boca. Luego de cinco penosas jornadas avanzando por esos agrestes parajes divisaron una débil luz en la lejanía. Tras cubrir media legua dieron con un farol que colgaba encendido en la entrada de una vieja y solitaria choza de adobe y techo de paja.
No sabían dónde estaban, tampoco les importaba ya que se descubrieran sus intenciones, solamente ansiaban algo de comer y poder dormir en un camastro caliente. Anselmo se aproximó al portón de madera y lo golpeó con el puño cerrado. Dentro de la vivienda sonaron pasos acelerados y voces atropelladas.
—¡Abrid la puerta! Somos viajeros en busca de descanso.
Tras un prolongado silencio se abrió lentamente el postigo y su espacio lo ocupó un hombre bajo y gordo blandiendo con mano torpe un tosco cuchillo de acero. Tras él, y agazapados en una esquina, se encontraban una mujer muy pálida y un muchacho joven, que portaba un palo con igual torpeza. La mirada del casero se topó con dos hombres fornidos, de edad madura y rostros ajados por una vida azarosa. A pesar de que su aspecto reflejaba las vicisitudes vividas en los últimos días, su aspecto era feroz, y su porte y sus espadas al cinto le hacían ver al señor de la casa que más valía no jugársela a aquellos tipos. Para evitarse problemas, bajó el arma y se apartó sumiso del vano de la puerta mientras hacía unas ridículas reverencias.
—Pasen vuestras mercedes —farfulló con tono servil—, es que hay que ser precavidos. Al caer la noche, aquestos parajes se infestan de rufianes y gente de mala calaña.
Los caballeros entraron y se despojaron de la capa y el sayo que dejaron en un zaguán de madera. Estaban en una casa de techos bajos y humilde que la mujer se esmeraba en mantener ordenada y limpia. El olor desagradable procedía de dos cerdos tumbados en un rincón, al lado de unos fardos de leña y unos sacos de arpillera llenos de granos de maíz. Había dos estancias; la alcoba, que estaba separada del salón por una cortina de tela corrida. Un jergón y una lumbre era todo su mobiliario. La otra, en la que se encontraban, no era mucho más amplia, y estaba exiguamente iluminada con la luz temblorosa del pabilo ardiendo de unas velas altas que goteaban cera sobre unas bandejas de cobre.
No detectaron ninguna amenaza potencial, de manera que relajaron el gesto y desviaron la vista a un fuego encendido que calentaba una olla de hierro. Tras cauterizarse las heridas con un cuchillo al rojo, que dejó un reconocible tufo a carne quemada en el ambiente, se sentaron a la mesa. La mujer puso una hogaza de pan duro, un poco de queso de vaca y dos platos de gachas que los caballeros engulleron con voracidad y en silencio, solo roto por algunos gruñidos de satisfacción.
—Me barruntaba yo… —dijo el hombre gordo rompiendo la quietud de la estancia—. ¿Qué hacen dos caballeros extranjeros por aquestos lares?
Anselmo dejó de masticar y miró a su compañero. Antes de hablar, alargó la mano y se embuchó un trago de vino. Vacío, devolvió el vaso de madera a la mesa y se limpió la boca con el puño del jubón.
—Buscamos algo.
El casero juntó los hombros.
—Estas son tierras pobres, mis señores, y esta una casa humilde.
—Ha llegado a nuestros oídos la existencia de un arti-lugio… poderoso.
Súbitamente, el hombre gordo golpeó con el puño en la mesa. El vino se derramó, y la luz de la vela osciló provocando que un olor a cera quemada se desparramase por la estancia. Acto seguido se incorporó temblando de ira y apuntó con el cuchillo a los caballeros.
—¡MARCHAOS DE MI CASA! ¡SALID! —vociferó.
Jacques se mostró sorprendido por el repentino ataque de ira del casero. Se puso en pie tan de súbito que derribó la silla, y sin arredrarse echó mano a la guarnición de hierro de su espada ropera. La atribulada esposa comenzó a gemir mientras se re-fugiaba tras la mesa del comedor. Una vez allí, agarró por los hombros a su hijo que, blandiendo el palo, estaba presto para acudir en auxilio de su padre. Anselmo apoyó una mano sobre el brazo de su compañero; buscaba tranquilizarle, pero este se mantuvo impasible sosteniendo la mirada a su anfitrión.
—Está bien, nos marcharemos pero sosegaos. ¡Voto a bríos! No seáis estúpido o alguien saldrá malherido.
Siguió un tenso y largo silencio solo alterado por los sollozos de la mujer y la respiración agitada del hombre gordo.
Nadie dijo nada. Nadie se movió.
—Camarada… —le insistió Anselmo a su compañero.
Gradualmente el ambiente se fue relajando y Jacques, aún con la mirada desafiante, devolvió la espada a la vaina. El hombre gordo resopló igual que un caballo y escupió en el suelo en señal de desprecio; bajó el cuchillo, pero no lo soltó.
—En otra ocasión daríamos buena cuenta de esta bella-quería, pero no aquí ni ahora —dijo Anselmo dirigiéndose a toda la familia en tono sereno pero firme. Luego sacó una talega del bolsillo y, tras hurgar en ella, arrojó dos monedas de oro que tintinearon al caer sobre la mesa—. Aquí tenéis, por los gastos —después se volvió hacia su compañero y agregó—: Partamos pues, compadre, que aquí ya no somos bienvenidos.
Tras decir estas palabras los dos caballeros abandonaron la vivienda, encontrándose de nuevo ante el desamparo de una noche lluviosa. Apenas llevaban recorridos unos pasos el postigo chirrió a sus espaldas y echaron mano a sus espadas. Al descubrir que se trataba del muchacho que se les allegaba con presteza, las escondieron de nuevo.
—Mis… señores… —dijo el joven con la respiración entrecortada.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Me llamo Bernabé, vuestra merced. Disculpad el com-portamiento de mi padre. No le gustan mucho los extranjeros.
El muchacho barruntó que quizá había hablado demasiado y se interrumpió.
—Vamos, hablad majadero.
El zagal no le quitaba ojo al bolsillo donde Anselmo guardaba la bolsa del oro. El gesto no le pasó inadvertido, así que para soltarle la lengua buscó en la faltriquera una moneda y se la lanzó; el joven la atrapó en el aire, la mordió para comprobar su autenticidad, más por costumbre que por desconfianza, y la hizo desaparecer con habilidad dentro de un bolsillo. Satisfecho, miró a ambos lados para comprobar que estaba a salvo de oídos indis-cretos y bajó la voz.
—Se cuentan historias acerca de un objeto que cayó del cielo enviado por el mismísimo diablo. Se habla de un pueblo maldito —dijo y se santiguó.
—¿Y sabes dónde podemos hallar ese objeto?
—Más allá —hizo un gesto con la cabeza en dirección al bosque— hay un pueblo… y una iglesia cerrada.
El caballero volvió la mirada en la dirección indicada y la sostuvo un instante pensativo. Ante sus ojos se abría una calzada de tierra que se adentraba entre árboles gigantescos y retorcidos de aspecto sombrío. El viento zarandeaban sus copas creando un aullido siniestro mientras el agua seguía cayendo como un manto y comenzaba a anegar el terreno.
—Una advertencia, mis señores. Nunca debéis arrimaros a la ciénaga.
Anselmo escudriñó al muchacho con suspicacia.
—¿Por qué?, ¿qué hay en la ciénaga?
El muchacho vaciló.
—El que susurra —contestó con un hilo de voz.
El caballero sintió un escalofrío sacudiéndole la espalda. No era lo que había dicho sino el tono, y antes de que pudieran decirse algo más, el imberbe muchacho rubio se dio media vuelta y se esfumó por donde había venido.
—Truhán…
Anselmo y Jacques se armaron de valor y se pusieron en marcha. Durante dos jornadas realizaron un penoso viaje por un tenebroso bosque que se había tornado en más espeso y abrupto a cada paso. La lluvia no había cesado ni un momento y no habían escuchado ni el murmullo de un pájaro. Las heridas cauterizadas escocían con crueldad, y la palidez de los rostros refulgía en la oscuridad de la noche.
—Repongámonos un poco, compadre, que en estas condiciones no llegaremos mucho más lejos.
Exhaustos y retrepados contra el tronco de un sauce, Anselmo alzó la vista y observó con inquietud en derredor. Lo invadió un mal presagio y, con el ceño fruncido, zarandeó por el hombro a su compañero de viaje.
—Jacques, creo que estamos cerca.
—¿Por qué decís eso?
—Mirad…
Al principio, no entendía lo que su compañero le quería decir hasta que ajustó la mirada y se fijó en que todos los árboles que los rodeaban, ya fueran pinos, encinas o hayas, estaban muertos.
—¿Creéis en lo del objeto hecho por el diablo que cayó del cielo?
—Creo que hay cosas que es mejor dejarlas quietas —repuso, mirando apesadumbrado tan desolador paisaje.
Tras un rato de descanso, ya en la hora crepuscular, decidieron reanudar el viaje. Antes de proseguir, Anselmo miró para atrás y clavó sus ojos en la espesura del bosque. Desde hacía rato tenía la sensación de que alguien los acechaba, pero no sabía si era fruto del cansancio o de su imaginación. Luego de una hora, dejó de caer agua y por fin abandonaron el bosque. Ante ellos se abrió un claro de forma circular iluminado por la luz blanquecina que desprendía la luna llena, como si de un foco tenue se tratase. Justo en el centro se hallaba una aldea y un poco más alejado, sobre un promontorio, se alzaba el campanario de una iglesia de gruesos muros. Junto a ella, multitud de lápidas de piedra inclinadas y melladas recubiertas de una fina capa de moho negro y emplazadas de forma desordenada, al igual que los dientes de una boca mal cuidada. El efecto de la luz mortecina sobre los rincones proyectaba sombras alargadas. Los caballeros se cruzaron una mirada elocuente, sin decir nada. Sus peores augurios parecían hacerse realidad.
Ambos extrajeron sus espadas con un sonido sibilante. Despacio, pero con mano aún firme. Desde su posición elevada contemplaron la aldea durante un largo rato. Totalmente quietos e incapaces de articular palabra.
La aldea la conformaba un centenar de chozas ordenadas en un trazado de calles angostas y empedrado irregular que convergían en una plaza cuadrada. Las construcciones, de adobe y piedra, se encontraban en buen estado, menos las ventanas que no eran más que boquetes negros, y algunos techos y balcones que se habían desplomado a causa de la falta de mantenimiento. El lugar era solitario y desolado, no se apreciaba signo alguno de vida y nada parecía moverse. El profundo silencio solo se quebraba por el aullido del viento que trataba de huir por entre las estrechas callejuelas colándose por los restos de piedra.
Pueblo fantasma.
La atmósfera era lúgubre. Los caballeros volvieron a intercambiarse una mirada fruncida. No necesitaban decirse nada. Pensaban lo mismo. La adrenalina les devolvió la fuerza que sus cuerpos les negaba y, como si sus botas gastadas hubiesen sido reemplazadas por bloques de hierro, cruzaron por el sendero de tierra embarrado en dirección a la iglesia. De súbito se pararon. Algo les había llenado de inquietud y forzaron los oídos. A su alrededor solamente se escuchaban sus propias respiraciones agitadas, y reanudaron el camino con paso lento y cauteloso.
No había huellas en el barro helado acumulado en el camino. Eso significaba que eran los primeros que pasaban por allí en mucho tiempo. Blandiendo sus espadas atajaron por el pueblo caminando lo más rápido que sus fatigadas piernas les permitieron. En cada esquina solitaria y oscura les envolvía la sensación de que una amenaza se cernía sobre ellos. Sin mirar atrás, al fin, reba-saron la última vivienda y envainaron sus espadas de nuevo; luego tomaron el camino que conducía hasta lo alto del promontorio.
Hasta la iglesia.
Al cruzar por el cementerio se sintieron observados por decenas de ojos negros procedentes de una fina rama de pino, que cimbreaba bajo el peso de una bandada expectante de cuervos negros. Les recibieron con un siniestro coro de chillidos y acto seguido enmudecieron. Uno de ellos, más grande y más negro, apoyado sobre una lápida de piedra gris inclinada hasta casi rozar el suelo, echó a volar batiendo las alas y graznando sobre el agujero negro de una tumba profanada.
Ante otro signo inequívoco de mal presagio se miraron en silencio e instintivamente agarraron las empuñaduras de sus espadas para buscar su protección terrenal. Llegaron hasta el pórtico de la iglesia, que se alzaba oscura ante ellos, y se enfren-taron a un portalón de doble hoja atrancado por unas traviesas de madera.
Eran hombres temerosos de Dios, pero aquel lugar, otrora santo, les despertaba angustia y desasosiego. Los ventanales, altos y estrechos, también estaban tapiados con tablones clavados al muro. Buscaron por los alrededores y, en lo que debió ser antaño una herrería, encontraron herramientas con las que rompieron el sello de la entrada. Los cuatro brazos empujaron con fuerza las dos hojas pesadas del portalón, que se movieron perezosamente hacia el interior de la nave entre un intenso quejido.
Jacques miró a Anselmo, y este le devolvió una mirada cargada de inquietud. Franquearon el ancho umbral del recinto y se detuvieron parpadeando. Era un lugar sombrío en el que reinaba el olor pestilente de la descomposición de la carne. Era un tufo que conocían bien de los campos de batalla. Intentaron aguantar la respiración. Entre penumbras, divisaron un pasillo central con un altar de piedra al fondo donde descansaba inerte un objeto brillante.
Pero había algo más. No estaban solos. Para su desazón descubrieron que el recinto ya no era una iglesia, sino un osario. Retorcidos de forma grotesca les rodeaban cientos de cadáveres: hombres, mujeres y niños. Sus rostros momificados estaban contorsionados por el horror del sufrimiento agónico. Observaron los cuerpos sin vida. Estaban secos y chupados, pero no descu-brieron signo alguno de violencia en ellos. Era como si algo les hubiera extraído la vida.
Un repentino relámpago proyectó imágenes espectrales en las paredes y las gotas de agua empezaron a golpear salvajemente la cubierta del recinto creando una atmósfera sobrecogedora. Los caballeros se santiguaron y se adelantaron con pasos precavidos, sorteando momias y huesos. Sus pisadas resonaban de modo antinatural, como si profanaran un recinto antaño sagrado. Al acabarse el pasillo de piedra, se encontraron frente al altar. Sobre él reposaba un objeto, sus vetas anaranjadas despedían un brillo leve.
Volvieron a santiguarse de nuevo buscando ahora la protección divina. Sin mediar palabra, Jacques alargó la mano y lo agarró con mucho tiento. Un frío helador recorrió su extremidad, justo en el momento en que el aullido del viento se coló por los boquetes de los tablones de madera. El soldado dio un respingo. Respiró hondo y lo guardó en una alforja que se echó al hombro. Ambos salieron de la nave, sin mirar atrás.
Ya era muy tarde y sus fuerzas estaban al límite, pero no querían pasar en ese lúgubre sitio ni un instante más del necesario, de modo que tomaron un sendero hacia el norte y dejaron atrás el pueblo maldito. El desánimo volvió a hacer mella en ellos tras varias leguas recorridas bajo un fuerte aguacero que ahora, no obstante, les daba algo de tregua.
El paisaje había sufrido un cambio radical, de la fron-dosidad del bosque habían pasado a la aridez de un desierto salvaje e inhóspito, sin apenas vegetación. Pararon a descansar junto a la orilla rocosa de una gran balsa de agua oscura, cuya superficie se había vuelto plateada por el tenue reflejo de la luz de la luna que se escapaba entre unas nubes negras. Era un paraje que les re-sultaba muy extraño y, hasta cierto punto, escalofriante.
Sigilosamente un banco de niebla empezó a engullirlo todo en un manto asfixiante. En pocos minutos, no distinguían tierra de agua y con dificultad alcanzaban a verse el uno al otro. El frío y la humedad se hicieron más intensos aún y el aullido cercano de un animal les heló la sangre. Los caballeros, embo-zados en sus capas, intentaron evitar en vano que la humedad alcanzase sus huesos.
—¿A qué… creéis que se referiría el muchacho… con lo de el que… susurra? —preguntó Jacques tiritando descontrola-damente.
Su compañero lanzó alrededor una mirada fúnebre y sacudió la cabeza.
—No sé. Pero en una cosa estaba en lo cierto. No debimos habernos internado en la ciénaga.
Jacques intentó sonreír, pero su rostro se deformó con una siniestra mueca. Sintió que los dedos de los pies y las manos le hormigueaban, y que todos sus miembros comenzaban a entu-mecerse. Se los frotó en un fútil intento de entrar en calor.
—Maldita humedad. Se te mete hasta lo más hondo.
Repentinamente repararon en una presencia a su lado, era una especie de gato salvaje, pero con un aspecto más fiero. El animal se detuvo, les escrutó con la mirada y, súbitamente, de-sapareció como un fantasma entre la fría y húmeda bruma.
—Camarada, aquí está nuestro final, no puedo más. Qué desdicha venir a estas malditas tierras para morir solos y de esta manera —dijo Jacques desolado.
Anselmo no le respondió. Tampoco tenía ya fuerzas. Sentado de espaldas contra una roca a merced del frío, se arropó con su capa y asintió en silencio mientras el castañeo de sus dientes se hacía incontrolable. Ya no le importaba tiritar aterido de frío. Y de miedo. Miedo a la muerte, al olvido… al fracaso.
En el momento en el que los caballeros, con los ojos ya cerrados y la cabeza en otra parte, estaban dispuestos a dejarse em-baucar por la parca, algo cambió a su alrededor.
(Susurros fríos)
Jacques se incorporó de golpe y agudizó el oído para tratar de identificar el origen del sonido.
—¿Habéis oído, camarada?
Anselmo no contestó. No había escuchado nada, solo los delirios de su amigo.
(Veniiiid conmiiiigo)
Provenía de la ciénaga que habían dejado un poco atrás. Jacques obligó a Anselmo a incorporarse y con los brazos alre-dedor de los hombros de su camarada se encaminaron hacia el lugar de donde procedía la llamada. Al cabo de un rato llegaron al lodazal, la humedad era tan fuerte allí que casi sentían sus huesos resquebrajándose con los espasmos de sus cuerpos. Jacques atisbó una fantasmal silueta sumergida en las sombras, junto a la orilla rocosa.
Algo… o alguien… estaba bebiendo.
(Ven Jacques, acéeeercate)
Anselmo, derrotado por el cansancio y el frío, se dejó caer sobre un montículo y se acurrucó bajo la húmeda capa. Los párpados le pesaban, no se sostenían. Se cerraban…
Jacques, arrastrando los pies y haciendo eses, se encaminó a la orilla dejando atrás a su compañero. Paso a paso, se acercó más… y más. Ahora lo veía. Esbozó una sonrisa por lo bajo. Lo rozó. Tenía la piel fría como la muerte.
(Te lo diiiije, Jacques)

Los ojos marrones de Anselmo se abrieron de repente, cuando se encontró envuelto por un inquietante silencio. Miró alrededor rápidamente y buscó a su amigo, pero no lo encontró.
—Camarada, camarada —intentó gritar, pero de su boca solamente salió un murmullo apenas audible.
Repentinamente la quietud de la noche se quebró, como la campana de un barco que atravesara un bancal entre la densa niebla, y lo oyó: el crujido seco de unos huesos fracturándose y unas poderosas mandíbulas que los masticaban. Mientras, unos alaridos de terror que no parecían humanos.
Anselmo se incorporó trabajosamente, sacó la espada del cinto y tambaleándose se acercó hasta la orilla. Temblaba de miedo y tenía los dedos tan agarrotados que para quitarle el arma habría que haberle cortado la mano. Lo que vio lo dejó horrorizado, los ojos ansiaban salirse de sus órbitas y su melena, otrora negra como el tizón, se volvió blanca igual que la nieve.
Y de súbito, nada. Solamente un silencio paralizante. Desde un saliente rocoso, Anselmo contempló horrorizado la imagen de las aguas teñidas de rojo mientras en su cabeza se apagaba el eco de los gritos de su compañero y su retina aún mantenía vívida la macabra escena que había presenciado.

A sus pies, había un conjunto sanguinolento de vísceras y entrañas.

2

1 de agosto de 1798
Bahía de Abukir (Egipto)

La tensión que se dibujaba en el rostro del vicealmirante Brueys d’Aigallers era fruto de la preocupación. Con el ceño junto y la mirada perdida recorría arriba y abajo su cámara, ubicada en la tercera cubierta del navío L’Orient. De vez en cuando se detenía y jugueteaba con un astrolabio que había sobre la mesa de madera clavada a los tablones de haya del suelo.
El inminente combate no era la causa de sus tribulaciones, él era un marino experimentado que había participado en numerosas acciones de guerra; sino que lo eran los documentos que Bonaparte en persona le entregó, justo un mes atrás, antes de desembarcar en Alejandría al mando de un ejército. El general le hizo responsable de que, bajo ningún concepto, cayeran en manos de los ingleses o sería una catástrofe para el futuro de la incipiente Primera República. Y allí estaban, en su camarote, guardados en un cofre y protegidos por los ciento dieciocho cañones del buque insignia de la flota francesa.
Ahora sabía lo que contenían. No pudo resistir la intriga y los hojeó. Pero nunca debió haberlo hecho. Pasara lo que pasase, el destino del navío de línea L’Orient y sus mil ciento treinta almas estaba escrito en el infierno.
A primera hora de la tarde el vigía del Heureux divisó la flota británica que comandaba Nelson a bordo del HMS Victory. Apenas habían transcurrido unos minutos, cuando dos navíos de línea de la flota francesa, el Guerrier y el Conquérant, dispa-raron las primeras andanadas contra la vanguardia enemiga. El vicealmirante salió de la cabina, salvó la escala de la toldilla y se dirigió al alcázar de popa, desde donde siguió las maniobras; allí permaneció erguido, con una mano agarrando la otra en la espalda.
Una enorme bandera tricolor ondeaba en el mástil de popa. D’Aigallers extendió el catalejo y divisó la línea, mos-trando su satisfacción con un gesto imperceptible. Luego barrió el horizonte y detuvo su mirada en la feroz vanguardia del enemigo que despiadadamente se abalanzaba sobre ellos. En su rostro hierático había desaparecido todo rastro de nerviosismo o preocupación que pudiera ser malinterpretado por la tripulación. Junto a él, doce hombres se aprestaban a disparar un cañón de 24 libras por el costado de estribor. Tras la orden de fuego proce-dente del oficial de la batería, los hombres se hicieron a un lado y el cabo de cañón accionó el mecanismo de disparo. Acto seguido…
El fuerte estampido de la andanada.
El estremecimiento de las cuadernas del buque.
El retroceso de la pieza de artillería.
El silencio mortal.
El olor acre a pólvora aferrándose a la garganta cual garrapata.
Brueys ni se inmutó. Solo extendió de nuevo el catalejo para divisar el efecto de la andanada. Rápidamente, las órdenes para meter el cañón, limpiarlo, cebarlo y volver a cargarlo ocuparon el ambiente. En apenas dos minutos, debería estar listo para un nuevo disparo. De la rapidez en la respuesta dependería el éxito de la batalla.
Enseguida llegó la réplica.
Primero el resplandor de los cañonazos provenientes de las dos cubiertas, alcázar y castillo del HMS Bellerophon que, como un rayo en la noche, iluminó el horizonte en crepúsculo. Cuentan los hombres de mar que es el momento más terrorífico.
La espera mortal.
Después, el sonido atronador y un espeluznante aullido, como el de una jauría de lobos hambrientos. Y acto seguido la lluvia de proyectiles de 32, 18 y 9 libras cayendo sobre la cu-bierta, las jarcias y el velamen.
Por último, el infierno.
La explosión y la devastadora metralla, compuesta de pequeñas balas y trozos de hierro, barriendo la cubierta y pro-vocando muerte, mutilación y una ola de destrucción. Contra eso no había nada que hacer ni sitio donde ocultarse. Solo rezar a la Divina Providencia para no estar incluido en la macabra lista. Enseguida el caos y los desgarradores gritos de dolor. La sangre y los miembros despedazados rulando por la cubierta con el vaivén, y mezclándose con los restos de madera y hierro. Los marineros se afanaban en volcar cubos de arena. Más y más.
Tres minutos más tarde, otra lista macabra. Y vuelta a empezar.
La experiencia de Brueys enseguida le advirtió de que la táctica de formar una línea de batalla con sus trece navíos había fracasado. Cuarenta minutos después, resultó herido en el es-tómago por la metralla disparada desde un cañón del HMS Bellerophon. Enseguida fue consciente de que sus heridas eran mortales, así que mandó llamar al capitán del L’Orient, Luc Casabianca y le trasladó el encargo del general Bonaparte, que aceptó con marcialidad y disciplina.
Tras dos horas de combate, los cinco primeros navíos franceses de la línea se habían rendido; la batalla estaba perdida y solamente era cuestión de tiempo que el buque insignia fuera apresado. Acosado por tres navíos ingleses de 74 cañones, el HMS Orion, el HMS Alexander y el HMS Swiftsure, el L’Orient se estremecía dolorosamente con cada andanada que recibía.
Ya no podía maniobrar, estaba a la deriva en medio de un mar teñido con la sangre de buenos marinos. Completamente desarbolado, con las vergas del mayor y del trinquete des-parramas por la cubierta, y los obenques arrancados de sus mesas de guarnición, solo seguían disparando las pocas piezas de arti-llería que quedaban útiles. Entretanto, los supervivientes arrojaban cadáveres y miembros por la borda, y extendían arena sobre la cubierta para evitar resbalarse con la sangre derramada, que se aferraba a los tablones de madera como un gato al tronco de un árbol al que pretende escalar.
La situación era extrema, la pérdida del navío era ya irremediable y el capitán Luc Casabianca, con la mirada perdida en un horizonte de humo y fuego, decidió que había llegado el momento de cumplir sus órdenes…

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16 de julio de 1969
Inverness, Escocia

La centenaria estación de ferrocarriles de Inverness estaba atestada de gente. Justo en el momento en que unos al-tavoces anunciaban que el expreso con dirección a Waverley, en Edimburgo, saldría en cinco minutos, una mujer joven de pelo negro, que vestía minifalda de ante y botas negras, descendió de un taxi en Academy Street. Con paso resuelto traspasó el amplio umbral de la estación y se confundió entre el gentío.
Margaret estaba aterrada. Se detuvo un instante para recomponerse, tomó aire y más decidida que nunca se aproximó a un mozo al que mostró su billete.
—Vagón número tres, asiento uno A, señora —dijo, tras consultar el documento de viaje—. Sígame, por favor.
Tras embarcar en el expreso y acomodarse en una dura butaca, la mujer echó una ojeada al funcional vagón de primera. Grandes ventanales, techos altos panelados, revestimiento imi-tación de madera y asientos individuales de skay color rojo burdeos. Arrellanada en su asiento trató de ocultar la tensión de su cuerpo.
En el ambiente flotaba el humo de un cigarrillo encendido, que siguió con la mirada hasta un par de asientos más alejados al de ella, donde descubrió a un tipo enfundado en un traje Inma-culado y con el rostro oculto tras un ejemplar del Times. Tenía la portada encarada hacia ella y la noticia que la ocupaba casi en la totalidad era la misión espacial tripulada Apolo 11 que, ese mismo día, despegaría hacia la ¡luna! desde algún lugar de Estados Unidos.
Sutilmente, negó con la cabeza y lo desechó mentalmente.
Continuó la ronda hasta que sus interesados ojos se posaron sobre un hombre sentado tres filas más adelante. Lo examinó con disimulo. Recio, metro ochenta, nariz chata, bigote abundante y patillas anchas y largas; tenía todo el aspecto de un tipo duro. El hombre portaba un maletín de piel. Margaret sufrió un repentino acceso de pánico y empezó a dudar de si realmente la aventura era tan buena idea como le había parecido cuando lo planeó todo junto a Ewan, su marido.
A la hora prevista, anunciado con un fuerte silbato y una breve sacudida, la locomotora diesel arrastró los ocho vagones del convoy que abandonó la estación emitiendo un lento y rítmico traqueteo. Media hora después, el tren discurría a través de las estribaciones de una ladera boscosa, cuando un brusco frenazo provocado por unos troncos que intencionadamente bloqueaban la vía, creó el alboroto en el interior del vagón número tres. Los pasajeros fueron zarandeados violentamente y los enseres personales salieron despedidos del portaequipajes, desparra-mándose por todo el pasillo del vagón.
Con una agilidad felina, Margaret saltó del asiento, sorteó obstáculos por el caótico pasillo, y se deslizó en dirección al tipo del maletín. A su altura sus miradas coincidieron, la de ella se mostraba decidida y la de él interrogadora, y antes de que el hom-bre, aún aturdido por la sacudida y con una herida sangrante en la barbilla, pudiera reaccionar recibió un golpe en la cabeza que le hizo perder el conocimiento. La mujer aprovechó la confusión creada y tomó el portafolios del suelo. Acto seguido abandonó con determinación el vagón dejando atrás el sonido apagado de los lamentos del pasaje.
Margaret se alejó y subió por una pronunciada pendiente; en cuanto llegó a la cima se paró, tomó aire y, tras orientarse, se encaminó a grandes zancadas hacia el camino rural donde había quedado con su marido. Nada más empezar a descender la colina, divisó a lo lejos un Triumph 1300 color crema. Junto al vehículo, un hombre alto y rubio, con pantalón de franela acampanado y camisa blanca con los puños recogidos bajo el codo, caminaba arriba y abajo fumando con evidentes signos de nerviosismo.
Ewan le dio una última calada al pitillo que sostenía entre unos dedos temblorosos. Mientras exhalaba el aire de sus pul-mones lo arrojó con indiferencia al suelo, junto a un pequeño montón de colillas que se había formado a sus pies. Como un acto reflejo sacó una pitillera y se prestó a encender otro. Oyó un ruido y alzó la cabeza; al descubrir a Margaret, su rostro se relajó, se acercó corriendo a su encuentro y la rodeó entre sus brazos.
—Cielo, ¿cómo ha ido todo? —preguntó.
—Aún no… me puedo creer… que haya salido… bien —contestó jadeando.
El hombre se separó y, en un gesto brusco cargado de ansiedad, le arrebató el maletín de las manos. Acto seguido, lo colocó sobre el capó del coche y lo abrió.
—¿Qué es esto? —inquirió desconcertado.
La mujer se puso seria y miró el interior del portafolios.
—No lo sé —respondió dubitativa—. Me dijeron que llevaría dinero. ¡Cincuenta mil libras!
Ewan hurgó en todos los departamentos de la cartera.
—Aquí no hay ni una maldita libra. Parecen documentos oficiales —los hojeó rápidamente.
El eco del estallido de un disparo aún persistía en el valle, cuando una bala se incrustó en la carrocería del Triumph.
—¡Maggie, nos están disparando!
Alzaron la vista colina arriba donde una silueta oscura, dibujaba a contraluz, descendía rápido de perfil y pisando con fuerza para evitar trastabillarse.
—¡Entra en el coche!
Ewan arrojó el maletín dentro del coche y se dejó caer en el asiento del conductor. Giró la llave y el motor tosió pero no arrancó. Soltó un exabrupto y golpeó el volante con desesperación. Miró el retrovisor interior y descubrió al hombre tan cerca que podía distinguir la raya diplomática de su traje oscuro. Volvió a girar la llave…
Nada. Otra retahíla de improperios y más golpes al volante.
Volvió a levantar la vista hacia el espejo y reconoció el agujero negro de un revólver apuntándoles. Suplicó en voz alta y volvió a intentarlo. En esta ocasión, el motor cobró vida. Metió primera, aceleró y se alejaron del lugar con un chirrido histérico de los neumáticos traseros.
Cuando el tipo de la pistola llegó al lugar que pocos instantes antes había ocupado el coche, solo quedaban una gran polvareda y la rodada de unos neumáticos impresa en el terreno; aún así, efectuó dos disparos más que se perdieron sin destino fijo. Soltó un juramento entre dientes. Recuperó el aliento, se atusó el traje y miró a su alrededor. Se fijó en una cartera de piel marrón tirada en el suelo. Se inclinó, la recogió y comprobó su contenido que iba arrojando al suelo con indiferencia.

Tras una hora circulando por senderos montañosos, sumidos en un incómodo silencio, un espeso humo gris empezó a hacerse visible por unas juntas del capó delantero. Repentinamente el coche empezó a dar tirones y el motor se paró. La inercia desplazó el vehículo unos metros hasta que finalmente se detuvo. Ewan, contrariado, soltó un improperio. Miró a su mujer y des-cubrió unos ojos aterrorizados, de modo que trató de calmarse. Descendió del vehículo y abrió el capó. Margaret permanecía hundida en el asiento con el maletín asido con fuerza sobre su regazo. Durante unos minutos, Ewan examinó con pericia el interior del motor; al cabo, sacudió la cabeza varias veces, chas-queó la lengua y cerró el capó, que cayó con un golpe seco.
—Está muerto —anunció con una mueca—. Una bala ha destrozado el cárter.
Margaret bajó del coche.
Ewan se echó la mano al bolsillo trasero y sacudió la cabeza; luego, visiblemente nervioso tanteó todos los bolsillos de sus pantalones mientras miraba al suelo buscando alrededor.
—Creo que he extraviado la cartera.
Margaret se puso las manos en la cara y rompió a llorar.
—Tranquila cariño. Todo saldrá bien. Ya verás —dijo intentando tranquilizarla.
—¡NADA SALDRÁ BIEN! —vociferó desolada.
—¿Sabes dónde estamos? —la interrumpió oteando al frente.
Margaret se sorbió la nariz y con el antebrazo se secó las lágrimas. Más serena miró en derredor: colinas, árboles y el sendero de tierra por el que discurrían. En el horizonte, una cadena montañosa recortada contra un cielo plomizo.
—No muy bien —titubeó unos segundos—. Creo que estamos cerca de Lochcarron. Si cruzamos por ese bosque de allí, es posible que lleguemos a… —meneó la cabeza mostrando sus dudas—. No lo sé, la verdad —los ojos de un dulce color violeta se le empañaron de nuevo.
—Tranquilízate. Lo primero es destruir estos papeles, solamente nos pueden acarrear más problemas; luego tenemos que ocultarnos hasta que todo el mundo se olvide de nosotros.