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PRÓLOGO

Dos años antes 

Jueves, 23.30. Febrero

Solo le quedaban unos minutos de vida. Si lo hubiera sabido, quizá Henry no se habría esforzado tanto. Huía a ciegas y se encontraba fatigado. Y demasiado gordo para admitirlo. El aire no le llegaba a los pulmones y el corazón le palpitaba muy deprisa. Demasiado deprisa. Aun así, sus piernas no se rendían, aunque era consciente de que no podría mantener ese ritmo mucho más tiempo. A su alrededor, el chillido de las cigarras ahogaba el silencio con un sonido agudo y penetrante, cual hienas mofándose de él con la crueldad inocente de un niño. De improviso, el ruido cesó, como si la función ya hubiese acabado y comenzase otra: una de terror. Con los ojos a punto de salirse de las órbitas, echó un breve vistazo por encima del hombro. Buscándolo, sintiéndolo, oliendo su tufo.

Apretó aún más el paso.

Atravesaba a la carrera un sendero ondulante salpicado de charcos, escuchando crujir la gravilla bajo su peso y sintiendo los calcetines húmedos debido al agua que se colaba a través de un agujero en la suela de las botas. Sabía que esa enorme mancha negra que se proyectaba a su izquierda era el vasto océano; más allá se encontraba el continente…

Inalcanzable.

En una encrucijada tomó el desvío de la derecha, adentrándose en un camino que serpenteaba entre retorcidos pinos y que, a cada paso que daba, se hacía más espeso y lóbrego. Ahora el ruido de las pisadas quedaba amortiguado por la hierba aplastada que cubría el suelo, como el moho a la piedra de una tumba. El silencio reinante únicamente se interrumpía por su propia respiración agitada y el murmullo mortecino de la hojarasca moviéndose como por arte de magia.

Henry no podía más.

Con una punzada de dolor en el costado hizo un alto, jadeante. Mareado, se encorvó sobre la cintura y apoyó las palmas en las rodillas mientras el vaho escapaba de su boca a mucha velocidad. No pudo controlar un acceso de tos y escupió parte de la cerveza que había ingerido solo media hora antes, formando en el suelo una mezcla de espuma y barro. Se incorporó, se desabrochó el abrigo y lentamente dio una vuelta completa sobre sí mismo. Se vio inmerso en un laberinto oscuro y aterrador formado por sombras alocadas y dobladas por años de soportar las inclemencias del tiempo. Por encima de su cabeza comenzó a escuchar el tenue murmullo de la lluvia cayendo sobre los árboles.

En alguna parte, una rama crujió levemente y el hombre se llevó un sobresalto. Se quedó quieto y aguzó el oído. En ese momento, el viento arrastró un escalofriante siseo, algo así como el de unas uñas afiladas deslizándose por la lisa superficie de una pizarra. Había algo en aquel sonido que indujo a Henry una primitiva sensación de miedo. Angustiado, continuó observando en torno a sí, buscando consuelo en algo que hubiese pasado por alto. De repente, como una alucinación, se ofreció a su vista entre las tinieblas el difuminado contorno de una vivienda que se erguía solitaria frente a un abrupto precipicio.

«No mires atrás», se dijo para sus adentros al tiempo que seguía corriendo hacia ella. Aflojó el paso al aproximarse y, cuando la tuvo en frente, se detuvo sin aliento junto a un viejo y roñoso cartel en el que podía leerse en inglés: «Propiedad Privada: No pasar». Permaneció impasible mirando la casa a fondo con una fascinación hipnótica en tanto un soplo de viento arremolinaba hojas en torno a sus pies.

No resultaba ni grande ni pequeña, si bien a Henry le pareció un palacio comparado con el mini apartamento que alquilaba en Manhattan por cinco mil pavos al mes. Se encontraba recubierta por una gruesa pátina de abandono; sin embargo, rezumaba un encanto que le decía que, sin duda, había vivido una época más gloriosa. Tupidas telarañas ocupaban el espacio que antaño fueron cristales, ahora convertidos en boquetes irregulares y cortantes que finalizaban en un alféizar arañado. Sobre el tejado, una veleta oxidada chirriaba empujada por el viento, y una de las contraventanas golpeaba insistentemente contra el quicio desencajado, concitando un ruido seco y cadente, como si alguien del más allá estuviera enviando señales en código morse. Los árboles que la circundaban se veían marchitos y la maleza, que crecía desigual, lo invadía todo.

La casa estaba muerta y la inquietud regresó a su alma.

De pronto, en medio de aquella visión espectral, captó un movimiento por el rabillo del ojo. Ceñudo, enfocó la vista en dos ventanas abuhardilladas. La de la derecha tenía el postigo cerrado y la de la izquierda abierto, como si la casa estuviera guiñándole un ojo. En el interior, una cortina rasgada y roída por las polillas se batía en movimientos ondulantes. En un primer momento, sospechó de una ráfaga de aire que oía silbar de forma siniestra al colarse por los recovecos de la vieja mansión; sin embargo, la tela quedó suspendida en una posición forzada y antinatural.

Inesperadamente vio un rostro grotesco contra lo que quedaba del cristal. Pálido, inexpresivo, fantasmal. Henry se topó con una mirada atormentada y dio un respingo que casi le hizo perder el equilibrio. En ese momento, un trueno reverberó en alguna parte y se estremeció. De modo instintivo, apartó la vista de la ventana y echó rápidos vistazos a un lado y a otro. Por último, volvió la cara arriba, a la buhardilla.

Nada. La cortina estaba extendida. En su sitio. Moviéndose con el viento.

Henry sacudió la cabeza con una media sonrisa.

—Maldito lugar.

Desde el bosque le alcanzó de nuevo ese extraño ruido mitad real mitad surrealista; no obstante, esta vez no le cupo duda de qué había oído, y sintió escalofríos.

Otro crujido de una rama al quebrarse.

Se dio la vuelta a cámara lenta. Las rodillas le temblaban y el corazón pretendía salirse de su pecho mientras los árboles oscuros se agitaban más violentamente.

En ese momento lo vio. Allí quieto. Mirándolo fijamente.

Durante unos segundos, su cerebro fue incapaz de procesar la información que le llegaba. Cuando tomó conciencia de la realidad, palideció. El hombre, aterrado, retrocedió un paso cuando su mirada se enfrentó cara a cara con un par de ojos que fueron humanos. Sintió que el vello del cuello se le erizaba y su semblante se teñía del sudor frío que provoca el pánico. Repentinamente, advirtió un pinchazo agudo en el antebrazo izquierdo y su rostro se contrajo en una mueca de dolor.

El corazón, sencillamente, dijo «basta». Se desvaneció allí mismo y no fue testigo de lo que estaba a punto de suceder a continuación.

Por fortuna, la muerte se había cerciorado de que así fuera.

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